El Poema y el Jacarandá 2

Pidió unas medialunas para acompañar al café. Cuando se entusiasmaba escribiendo algún poema le daba hambre.

Es que verla le daba hambre. Así las reconocía, verlas le despertaba cosas en lugares muy profundos. Cosas indescriptibles, aún para el joven poeta. De todas ella era de lo mejorcito, pensaba Pablo, definitivamente. Belleza castaña de ojos verdes, labios rojos y pechos erguidos le generaba un deseo casi imperdonable, como el de una polilla a un farol.

Agraciada; sus movimientos nunca eran apresurados. Hacía todo tan fluido que parecía casual y deliberado a la vez. No caminaba, se desplazaba por el lugar, como una garza. Pablo recordó que “halcón que se atreve con garza guerrera peligros espera”. La miró con mayor detenimiento. Creyó ver algo de fuego detrás de su mirada firme pero tierna, sensual y maternal. Se preguntó mientras la miraba si fuera así y no su imaginación aprovechándose de su deseo. Resolvió que el tiempo lo diría.

Mientras terminaba la medialuna contemplaba su papel. Lo observó con quietud y orgullo de reconocer que era esa su obra maestra y con agridulce melancolía al ver que seguramente no superaría esta noche jamás. Pero él sabía lo que tenía que hacer, el cuerpo se lo pedía. Con todas se lo pedía pero ella era más especial que el resto.

Cuento
Literatura
Amor y Pasión

¡COMENZÁ A ESCRIBIR AHORA!

Todos pueden formar parte de Verum. Creá tu cuenta y comenzá a compartir tus opiniones.

Comenzar
ARTÍCULOS RELACIONADOS
COMENTAR
  • No hay comentarios aún...