El Poema y el Jacarandá 3

Como en varias ocasiones Pablo cayó en cuenta que la tarde había devenido en noche. Le pareció curioso cómo pasan las horas cuando se tiene el foco puesto en algo.

¡Y qué algo! Este no era un proyecto más sino la hazaña de una vida. El corazón le latía un poco más fuerte al pensar que las anteriores habrían sido ensayos para esa noche y que todos los elementos en juego estaban alineados para hacer de este espectáculo una obra de arte. Esto último le dio placer.

El cielo iba oscureciendo a medida que el sol se ponía, su luz refractada volviendo las nubes de colores. Pablo agradeció que fuera verano y anocheciera tarde, de este modo podría verla mejor y él quería verla bien. Se acercó a entregarle la cuenta y él automáticamente desvió la mirada. El primer contacto siempre lo ponía incómodo.

Ella iba a volverlo un hombre completo sin siquiera sospecharlo. Para Pablo esto era magnífico. La vio salir de la cocina y la seguía con los ojos mientras saludaba a sus compañeros detrás de la barra. La puerta parecía abrirse voluntariamente para permitirle el paso y la calle apenas sentía el impacto de sus pies. A Pablo le estaba por explotar el corazón. Contó hasta diez -porque la espera hacía palpable la inundación de adrenalina a sus venas- y salió en su búsqueda a la calle.

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