El poema y el Jacarandá 4

Como un perro, Pablo caminó detrás de ella por varias cuadras, llenando sus pulmones de su perfume.

La seguía mientras buscaba el lugar justo, un sitio que lo llamase, que le dijera que era el indicado. Entrando al parque apresuró su paso por ansias de querer estar cerca de ella, de al fin poder tocarla. Cuando la vio frenar para prenderse un cigarrillo se detuvo a mirar el paisaje y por primera vez sintió como si debiera pedir permiso para permanecer ahí. Estaba rodeado de árboles salvo por el caminito sobre el cual su musa y él estaban parados. El sol había desaparecido mas no sin dejar un leve resplandor recordando su presencia. Una brisa cálida hacía música con las copas de los árboles que chocaban con un cielo teñido de un índigo que Pablo nunca había visto antes. La seducción fue instantánea.

El farol bajo el cual estaba parada titiló un par de veces antes de expirar. Su cara se iluminaba con cada pitada y sin pensarlo demasiado Pablo fue tomando envión hasta abrazarla desprevenida y de espaldas.

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