EL Poema y El Jacarandá (Final)

Le besó la frente y la miró a los ojos, narices tocándose y se sintió tan cerca de ella que le parecía que compartían un mismo aliento.

Pablo la tomó con una mano en un abrazo envolvente y con la otra, sin perder el contacto visual, le penetró el costado.

Ella abrió la boca mas no pudo emitir sonido, inhaló rápido y fuerte. Con el ceño fruncido, los ojos verdes lo miraban en busca de razones pero Pablo ya había resuelto no decirle nada. Cada músculo de su cuerpo estaba evidentemente tensionado. Él seguía con la navaja en mano, degustando la incomparable experiencia de sentir al tejido ceder ante el filo. Ahora era él quien temblaba. Ella fue cayendo al suelo, quedando sentada, apoyada contra el árbol. Pablo rápidamente sacó un papel y antes de redoblarlo y colocárselo en la herida, le recitó el poema.

Estuvo a su lado hasta verla desvanecer. Aún entonces permaneció a su lado. Miró al cielo estrellado, la miró a ella y no sintió otra cosa que amor. Su sangre se mezclaba entre los pétalos caídos en un cuadro surreal. Se puso de pie para iniciar su retirada y al alejarse se le abrió el pecho y lloró de emoción.

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